En las sedes partidarias los militantes hacen de todo. Pintan pancartas con las consignas de su agrupación; idean cánticos proselitistas o de protesta; organizan marchas en apoyo o en repudio al Gobierno de turno; debaten, discuten y hasta incluso ofrecen encuentros sociales. Para que ese abanico de actividades funcione, hay personas que se ocupan de ordenar y mantener en condiciones de higiene los edificios, y de concretar todas las tareas administrativas.

En muchos casos, especialmente en el de las agrupaciones con menor desarrollo territorial y de flacos bolsillos, la tarea recae en los mismos militantes. Algunos hasta organizan turnos de limpieza y guardia. En cambio, en aquellas fuerzas tradicionales y de mayores recursos, el mantenimiento de los locales puede, incluso, estar tercerizado. Estas personas, invisibles para quienes ocasionalmente transitan una sede partidaria, conocen los secretos de cada fuerza política. Son, incluso, los que más horas al día pasan dentro de los locales políticos. Por eso, según ellos mismos se definen, son el corazón que hace latir cada sede política.

Una imagen

"En esa foto salgo con mi esposa. El doctor Raúl Alfonsín estaba de visita en Tucumán. Todos se acercaban para saludarlo cuando, de repente, salió un jovencito que le preguntó: 'se acuerda de mí, usted es mi padrino'", relata Roberto Ledesma, un militante de la Unión Cívica Radical (UCR).

Ledesma atiende a LA GACETA en la sede de Catamarca al 800, mientras escribe en un papel los números de teléfono de los principales referentes del radicalismo local, ya que debe remitirlos mediante un fax a Buenos Aires. "Me pidieron que los mande urgente. Por eso, si no te molesta, hablamos mientras los copio", se excusa.

Ledesma comenzó a militar en la UCR en El Manantial. Según dice, en 1995 se postuló para delegado comunal. Sin embargo, no ganó en los comicios. Desde ese momento, nunca volvió a postularse para algún cargo político. "No quise volver a participar. Me quedé en la militancia y hace 13 años que trabajo en la sede", aclara.

Su función es organizar las trámites administrativos del partido y, aunque cuenta que algunas veces debe ordenar o limpiar, admite que dos o tres veces por semana una mujer se ocupa de limpiar las instalaciones del edificio partidario. "La ayudo, pero es ella la que hace la mayor parte", se desliga.

Sus años dentro de la actividad política le permiten analizar los cambios que se dieron en la militancia. "En la época del bussismo hubo muchos militantes que se fueron del partido para sumarse a esa propuesta. Actualmente hay muchos jóvenes que se acercan pero que, más que militar, buscan ganar dinero. Así se hace difícil trabajar. Recuerdo que en otros tiempos salíamos a sumar afiliados caminando casa por casa", analiza.

La charla camina hacia su fin, pero antes de concluir la anécdota del extinto ex presidente Alfonsín se completa. "Cuando el jovencito se acercó al doctor Alfonsín, él lo reconoció y le regaló el reloj que llevaba puesto; él era así. Era el séptimo hijo varón de una familia y, como dice la costumbre, era ahijado del Presidente; fue por eso que el doctor le hizo el regalo", añade.

Dos turnos

De todas las sedes de Tucumán, la más nueva y amplia es la del Partido Justicialista. Durante las vacaciones de invierno, en el edificio de Rivadavia al 100 se realizaron actividades para niños, como funciones de cine y teatro. Por su amplitud y actividad constante, dos grupos de personas se ocupan de la limpieza durante el día: tres trabajan por la mañana y otros tres lo hacen por la tarde. Además, en el PJ hay una intendenta que se encarga de administrar el local. Matías Ibáñez tiene 22 años y es estudiante de la carrera de Inglés. Vive con su familia en Banda del Río Salí. "Tengo todas las clases a la mañana. Algunos días no tengo tiempo para volver a mi casa y directamente vengo a la sede, por eso compro algo para comer en el camino", cuenta. Su horario de trabajo comienza a las 15 y finaliza a las 21. Él y sus compañeros María Cáceres y Luis Costilla coinciden en que el trabajo les permitió mejorar su calidad de vida. "Sólo quiero terminar de estudiar. Además, cuando empecé a trabajar acá y vi los cursos que se dictaban, la invité a mi mamá a venir. Ahora asiste a los talleres de política", se entusiasma.

Cáceres es oriundo de la localidad de Mancopa, en el departamento Leales. Trabaja por la tarde porque por la mañana se ocupa de llevar a la escuela a su hija de 12 años. "Lo único que me afecta es que subió mucho el precio del boleto y se hace caro venir a trabajar", admite. Costilla tiene 49 años y todos los días viene desde Lastenia para trabajar en la sede del partido gobernante. A LA GACETA precisa que trabajó como gomero en distintas empresas, pero que nunca pudo tener un trabajo en blanco. "Vivo con mi madre, que se quedó ciega. Y haber conseguido este empleo me ayuda para cubrir los remedios y mantener la casa", cierra.